Epidemia
Por: Lic. Gerardo Enrique Garibay Camarena
07/05/09

La noche del 23 de abril José Ángel Córdova, Secretario de Salud del Gobierno Federal, apareció ante las cámaras de televisión más demacrado que de costumbre, y el motivo no era para menos. Nuestro país se enfrentaba a la epidemia provocada por un nuevo virus, conocido científicamente como H1N1 y bautizado coloquialmente como “Influenza Porcina”.

Rápidamente quedó de manifiesto la gravedad de la situación, mientras los reportes, rumores y noticias sobre la existencia de nuevos casos y más fallecimientos se acumulaban minuto a minuto. A lo largo del país se suspendieron las clases y las misas, se concluyó anticipadamente la Feria de Aguascalientes, incluso cerraron los cines y restaurantes. Es decir, la rutina diaria de más de 100 millones de mexicanos se vio enormemente alterada.

Ante las intempestivas restricciones mucha gente reaccionó enviando correos electrónicos donde se dudaba de la existencia del virus y, en general, se censuraba al gobierno por “atemorizar a la población”. Sin embargo, la verdad es que basta dar una pequeña ojeada a la historia de las grandes pandemias que ha sufrido la humanidad para darnos cuenta de que ninguna precaución era exagerada mientras no conociéramos la naturaleza y características del nuevo enemigo biológico.

Para muestra basta un botón: durante el siglo XIV, una brutal pandemia de peste negra atacó al viejo mundo y mató en un periodo de aproximadamente 6 años a más del 25% de la población europea, cobrando, según diversos cálculos, cerca de 200 millones de víctimas en todo el planeta.

Recordemos también a la llamada “Gripe Española”, muy mencionada en estos días por la prensa y los especialistas, debido a sus similaridades con el virus actual. Esta enfermedad asoló al planeta durante alrededor 18 meses en los años de 1918 y 1919, matando a entre 20 y 100 millones de personas, antes de desaparecer misteriosamente.

A estos ejemplos habría que sumar las múltiples epidemias de cólera que afectaron al mundo durante el Siglo XIX y el temor generado a escala global por el surgimiento de la llamada “gripe aviar” en Asía.

Con todos estos datos resulta más que evidente el potencial destructivo de las enfermedades infecciosas, sobre todo en nuestros días, en que los viajes a través de países y continentes son cosa de todos los días. De ahí que la gran mayoría  de los expertos coinciden: es solo cuestión de tiempo antes de que un nuevo virus aproveche la existencia de condiciones favorables y surja con fuerza demoledora, dejando miles de víctimas a su paso.

Por ello fue muy importante que el gobierno mexicano actuara como lo hizo, con decisión, prudencia y oportunidad, pues de no haber tomado medidas drásticas, el nivel de contagios y la cantidad de personas muertas sería muy superior.

Veamos lo positivo: las últimas dos semanas, es cierto, han estado llenas de grandes sacrificios, pero también de esperanza. Esperanza porque la respuesta que dio México ante la influenza nos ha demostrado que estamos a la altura de las circunstancias y (lo que es todavía más sorprendente) que nuestra clase política SÍ puede trabajar en equipo para procurar el bien común (y tan solo necesita el acicate de un virus mortal y una pandemia en potencia para hacerlo).

Los resultados están a la vista: el número de casos de H1N1 se ha estabilizado, llegando, el 7 de mayo, a 1,204 enfermos y 44 fallecidos, lo que le ha permitido a las autoridades levantar algunas de las medidas preventivas y a nosotros, regresar casi por completo a nuestra rutina diaria.

Por supuesto, esto no significa que la nueva enfermedad esté derrotada, pues con la llegada del otoño seguramente habrá un “rebote” en el número de casos e inclusive la OMS estima que hasta una tercera parte de la humanidad podría llegar a contraer el virus. La buena noticia es que, si el H1N1 no experimenta una mutación importante, para entonces ya contaremos con las vacunas suficientes para enfrentar exitosamente la amenaza. Aún así debemos seguir alerta, sociedades y gobiernos, pues no sabemos cuándo llegará el siguiente desafío: la próxima epidemia.


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