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Capítulo IV:
Las 2 damas de plata
Hay gente que puede pasar toda su vida navegando en las tibias y tranquilas aguas de la rutina y la predictibilidad, cultivando la tierra en verano y calentándose al ritmo de un buen fuego y un buen licor en el invierno, estudiando latín, cortejando mujeres, casándose antes de los veintitantos y envejeciendo a la vista del mismo lugar donde nacieron.

Hay, también, otro tipo de gente, con vocación por la aventura, que abandona el hogar para enfrentarse a los peligros y la vastedad de los mares, a cambio del oro, la tierra y las promesas de un mundo nuevo, más allá de las columnas de Hércules, donde las riquezas se acumulan en los montes y en los valles inexplorados donde habitan pueblos fieros y desconocidos.

Existe, además, una tercera clase de personas: aquellas, que anhelando una vida tranquila, son arrastradas por la brutalidad de los hombres y el capricho de las circunstancias a sitios remotos, como lirios a la deriva a través del ancho mar, arrancadas de su hogar y su origen, abandonadas a la misericordia de Dios y la fortaleza de su voluntad

Hoy, a tantos años de distancia de aquella bienaventurada jornada en que recuperé mi libertad y reencontré a la mujer más hermosa del mundo, sigo aferrándome a los débiles y maravillosos recuerdos de un día que marcí por completo el rumbo de mi existencia.

Sin Embargo, por más que lo intento, no logro recordar que pasó inmediatamente después de oir su voz y como logramos alejarnos de su ama sin ser descubiertos.

Lo que sí conservo en mi memoria es la emoción y el temor que se reunían en nuestros corazones mientras ella y yo nos escondíamos tras la pared de un comercio de tapetes, observando, a la distancia, la creciente desesperación de su ama, que volteaba impacientemente hacia todos lados, buscándola, mientras el marido, con expresión de profundo disgusto, le reclamaba por la pérdida de aquella esclava a la que no volverían a ver en sus vidas.

Así, paralizados por el miedo y saturados por una invencible alegría, esperamos durante un par de horas, que parecieron interminables hasta que sus amos se dieron por vencidos y se alejaron lentamente con rumbo a su casa, mientras que las primeras estrellas comenzaban a aparecer en el cielo nocturno, casi eclipsadas por el brillo de marfil de la luna llena.

Venciendo finalmente el temor, abandonamos nuestro refugio temporal y salimos a las calles cercanas al puerto, procurando pasar desapercibidos entre el moribundo río de mercaderes y marinos, hasta que finalmente encontramos un lugar lo suficientemente tranquilo como para hablar.

Ahí, entre los restos de un comercio derruido, del que solo que conservaban las paredes como mudos testigos de la agotada fortuna de su propietario, pasamos las horas, narrando en murmullos nuestras respectivas desventuras y tratando de calcular que tan lejos estábamos del pueblo de nuestra infancia.

Fue como si nos conociéramos de toda la vida, como si hubiéramos estado separados tan solo por un par de días. Yo la observaba, mientras la pálida luz de la luna se reflejaba en su rostro, brindándole un tono particularmente misterioso, que resaltaba la belleza de sus facciones delicadas y su expresión de profunda tristeza y de aún más profunda esperanza.

Soñábamos con los ojos abiertos, pensando en la nueva vida que nos esperaba en Europa y aquilatando la alegría de nuestra recién recuperada libertad, mientras que las memorias de nuestra esclavitud parecían desvanecerse como trazos de viento bajo el resplandor de la noche,

Le comenté mis planes y acordamos intentar que ella se escapara en el mismo barco, escondida entre las mercancías que la “Dama de Plata” transportaría hasta Italia en unas pocas horas, de modo que nos acercamos al muelle y, finalmente, encontramos el modo de lograr que ella subiera al barco sin ser detectada, mientras los trabajadores cargaban la nave, lista para zarpar con la primera luz del día.

Así, bajo el cobijo de las dos damas de plata, una atada a los cielos y otra anclada en el puerto, esperé el amanecer de una nueva travesía, pidiéndole a Dios que nuestro loco plan diera resultado y que los marinos no llegaran a descubrirla.

Mientras la noche agonizaba oré por un viaje seguro, por la Europa de nuestras esperanzas, donde dónde la maldad quedaría en el pasado,  la gente sería bondadosa, y podríamos sentar cabeza, para ser felices, para vivir en paz.

                                                                                                                                                             Continúa… el fraile Bonaterra