Sin Medias Tintas. Opinión y análisis sociopolítico - E-mail: webmaster@sinmediastintas.org
Capítulo III:
En Estámbul
La mañana de mi escape comenzó básicamente como cualquier otra. Antes del amanecer, arreando leña para mantener vivos los hornos de la armería bajo la vigilante mirada del resto de la servidumbre, hasta que, cuando la luz del nuevo día comenzaba a asomarse entre las delgadas nubes, el sonido de una gran explosión los distrajo por completo.
Desde algunos meses atrás, y a pesar del riesgo que implicaba, en la casa se había habilitado un depósito de pólvora, que imprudentemente se había construido relativamente cerca de la bodega donde se guardaban las reservas de paja para los animales de corral, de modo que, tras la explosión inicial, provocada seguramente por el descuido de uno de los esclavos, el incendio se propagó rápidamente a toda la propiedad, ante la sorprendida mirada del jefe de la servidumbre que, portando con ridículo orgullo su nueva trataba, infructuosamente, de poner orden en medio del caos que crecía tan rápidamente como las llamas.
En medio de la confusión pude acercarme y recordé el cobarde asesinato que aquella espada cargaba consigo y que se reflejaba en su portador. Eso era demasiado, así que, simplemente, escapé.
En medio del desorden y del calor incesante de la madera y los animales que ardían dentro de la casa logre llegar a las habitaciones de mi “amo” que en ese momento no se encontraba en la ciudad y logré ponerme algunas de sus ropas antes de salir por la puerta principal sin ser notado, en medio del incendio que, a pesar de los esfuerzos de los sirvientes por apagarlo, se expandía con impune determinación.
Así, tras algunos minutos que me parecieron eternos, me encontré por fin en medio la calle, que se comenzaba a llenar con los imprudentes curiosos que acudían a ver con sus ojos el magnífico incendio que consumía irremediablemente la orgullosa casa de Ahmed, “el comerciante”, convirtiéndola en apenas poco más que un montón de piedras y madera chamuscada.
Aquel día respiré por primera vez en muchos años el aire de la libertad y, literalmente, me mareé ante la perspectiva ya no ser un esclavo, mientras el sol continuaba avanzando por encima de las imponentes mezquitas y mansiones de los jefes militares del imperio otomano, seguí caminando, discretamente por las calles, haciendo mi mayor esfuerzo por no llamar la atención en medio de la multitud, mientras pensaba en como regresar a Chipre, o mejor, aún, llegar a Europa.
Europa…Durante mis años de cautiverio había escuchado muchas historias sobre aquella extraña tierra que se extendía más allá del mar, donde los hombres, según se decía, no adoraban a Alá, sino al Cristo que yo recordaba vagamente de mis días de infancia y donde las catedrales de piedra se elevaban tan altas que parecían incluso tocar el cielo.
A pesar de que, durante mis largos años de esclavitud viví de cerca las costumbres de los turcos, nunca me convertí al Islam y lentamente, bajo el peso del tiempo y la rutina, perdí mi religión, aunque nunca me olvidé de Dios.
Aquellas primeras oraciones que había aprendido en casa yacían sepultadas en mi memoria y, sin embargo, tras una década de cautiverio, al encontrarme una vez más como hombre libre, comenzaron a brotar de mis labios y en ellas encontré la mayor prueba de mi nueva condición.
Así, en medio de aquellas lejanas callejuelas, el padre nuestro y el ave maría eran no solo un consuelo espiritual, sino también la más valiosa herencia de mi identidad, el puente para reencontrarme con la vida que me había sido arrebatada, de modo que, al pronunciarlas en voz alta, pude comprender plenamente la trascendencia de mi decisión de escapar, y ardí en deseos de llegar a Europa, de iniciar una vida nueva.
De modo que me dirigí, como buenamente pude, al puerto, guiándome por la pestilencia de los mercados y el soplo de la brisa marina, dispuesto a encontrar algún navío con destino a Europa y a encontrar la manera de embarcarme como ayudante para ganar mi pasaje.
Así, cuando el sol comenzaba a ocultarse en aquel día glorioso, dí con un oscuro navío, de unos 15 metros de largo y un cañón herrumbroso, movido por velas cosidas a base de lo que parecían ser trapos viejos, dedicado, según parecía, al mercado negro de especias.
“La Dama de Plata” era el pretensioso nombre del barco, capitaneado por un marinero genovés de muchos inviernos, ligero sobrepeso y poca paciencia, que gritaba destempladamente en una extraña mezcla de turco, latín, griego y cualquier otra lengua inventada por los hombres mientras los atareados trabajadores cargaban a “La Dama” con especias, armas y animales exóticos de gran aprecio en la península italiana, según alcancé a entenderle.
Decidido a jugarme el todo por el todo, me acerqué y les solicité que me aceptara como su trabajador dentro del barco a cambio de llevarme a Europa. Visiblemente sorprendido, el capitán, llamado Julio Maldini, me observó en silencio durante casi un minuto, consciente de que yo era un esclavo fugado, antes de preguntarme ¿de dónde eres, chico?
Nací en Limassol -respondí recordando milagrosamente el nombre de mi ciudad natal-
Ya veo -respondió el capitán- está bien, quedas contratado, te espero aquí mismo mañana al amanecer y te advierto, yo no espero a nadie ¿entendido?
Sí, muchas gracias - contesté antes de retirarme de aquel lugar, casi loco de alegría
Una noche más, solo una noche más en esta tierra maldita y después partiría hacia Europa ¡¡¡en libertad!!!
Pasada la emoción inicial me concentré en las preocupaciones más próximas, léase el hambre, pues no había comido nada en casi un día y era muy arriesgado acercarme a los mercados, aún para comer la fruta tirada por los comerciantes, pues si alguno me reconocía como esclavo sería devuelto a mi amo y, con toda probabilidad, estaría muerto antes de la semana siguiente.
Así que decidí buscar el cobijo de la sombra en uno de los callejones del puerto y esperar ahí hasta el momento en que abordara el barco, al fin y al cabo, ya habría mucho tiempo para comer más adelante.
Fue entonces, casi al llegar al callejón que había elegido como escondite, cuando la vi. Aquellos mismos ojos, de un verde tan intenso, que ahora alumbraban el rostro de una bella adolescente, disimulado por la capa traslúcida de su velo, mientras caminaba por las calles atrás de su ama.
Aparentemente ella había tenido más suerte que yo y había terminado, según lo que demostraban sus ropas y actitud, como una especie de dama de compañía al servicio de una vieja mujer que avanzaba con paso digno e increíblemente veloz para su edad, seguramente para reunirse con su marido en el mercado y recibir después una paliza de parte del mismo marido por salir por su cuenta a la calle.
Mientras su ama, que no se había dado cuenta de nada, se detenía para conversar con otra mujer que caminaba junto con su esposo, ella se quedó rezagada y entonces, incapaz de resistirme, dije, apenas a media voz: “Bralet”, el nombre de un héroe ficticio que habíamos formado los niños de la aldea como parte de nuestros juegos. Increíblemente ella lo escucho y se volvió a mirarme, con los ojos muy abiertos ¿eres tú?
Continúa…Las dos damas de plata

