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Capítulo II:
La tierra de la Luna creciente
Dicen que los malos tiempos pasan ante nosotros a una velocidad mucho menor a la de los buenos y, sí, esto debe ser cierto, porque aquellos primeros 10 años que pase como esclavo en la casa del comerciante Ahmed me parecieron eternos.

Los días pasaban iguales, el mismo calor agobiante, las mismas órdenes insensatas, los mismos cantos extraños con los que los hijos de Alá oraban a su Dios pidiéndole recibir la fuerza para sojuzgar al mundo entero.
Después de todo a mi no me había ido tan mal.

El capitán de aquella excursión militar otomana decidió vendernos como esclavos en el mercado de Estambul y, como entre mejor fuera nuestra presencia mayor sería el precio que pagarían por nosotros en la subasta, los milicianos no nos trataron tan horriblemente como pudieran haberlo hecho.

Habían pasado apenas 2 semanas desde aquella mañana en que una flota musulmana atacó la ciudad de Limassol, y, sin embargo, mi panorama entero era distinto, terrible y atemorizante. Ante mis ojos se alzaba la Kiz Kulesi (la torre de la doncella), que al igual que buena parte de aquella ciudad, aún conservaba las huellas de su pasado como gran capital del Imperio Romano de Oriente.

Recuerdo poco de aquella subasta, salvo el calor asfixiante, que se estrellaba contra nuestras caras desde el cielo inclemente y las lozas de piedra en el piso.

Entre las ofertas y los conflictos entre los clientes por hacerse de los servicios de un esclavo especialmente sano destacaban también las caras codiciosas de los militares y mercaderes ante la perspectiva de adquirir a alguna desgraciada doncella, capturada allende los mares.

Entre todo ese auténtico mar de vulgaridad y ruido me sorprendió la expresión seria, casi ceremonial, del comerciante que, tras una breve negociación, nos compró a mí y a otros 4 prisioneros de mi pueblo. A ninguno lo volví a ver.

Así, aquella noche me encontré por primera vez en la que sería mi prisión durante la próxima década.

El comerciante, a quien los miembros de la servidumbre conocíamos solo por el nombre de Ahmed me puso bajo las órdenes de la cocinera de su casa de modo que, entre los olores de los guisos y los malos modos de mi celadora, los días se convirtieron en semanas y las semanas en años, cada uno más insoportable que el anterior.

A nuestro amo rara vez lo veíamos, pues pasaba largas temporadas ocupado en el comercio de especias con los cristianos, a quienes les profesaba un desprecio casi absoluto, que, sin embargo, sabía disimular por completo cuando se encontraba con ellos, lo que le permitió amasar una gran fortuna en el mercado negro. Sus barcos, cargados de especias y telas finas, partían del puerto de Estambul, teóricamente, con destino a la región occidental del imperio.

Sin embargo en la realidad se desviaban hacia los puertos italianos, donde eran recibidos por sus compradores europeos, tan corruptos, materialistas y pragmáticos como él mismo, así que, al final del día, lograban sobrellevarse, unidos por su compartida veneración al dios del dinero.

Años de dedicarse al comercio, aunado a las riquezas de sus esposas, habían hecho de la residencia de Ahmed un lugar extraordinario, aún para los estándares de la alta sociedad turca.

La “casa” contaba, con amplias y numerosas habitaciones, cuyos pórticos daban a alguno de los  jardines que el comerciante cuidaba con especial esmero, donde las fuentes de agua cristalina y las flores de tantos colores, explotaban con ira contra la sequedad de la aridez en las calles a nuestro alrededor.

Los tapetes, adornados con complejos diseños y citas tomadas del Corán brindaban testimonio del poder de su dueño, quien, según se rumoraba en los pasillos, había alcanzado incluso los favores de la propia realeza.

Así pasó mi infancia y llegó la adolescencia hasta que, finalmente, cuando tenía 16 años, la vieja cocinera murió y fui asignado a ayudar en las labores de la armería privada de mi entonces amo.

El armero, un hombre huraño de medio siglo de vida, se destacaba por su triste carácter, su pálida piel y su casi esquelética figura le conferían la imagen de una convalecencia perpetua, que contrastaba con el ingenio de su mente y su extraordinaria fortaleza física, fraguda a través de décadas de diseñar y construir armas para el servicio de los más grandes señores del imperio otomano.

Aquellas virtudes se demostraron en toda su crudeza una mañana de julio, cuando terminó de preparar la nueva espada para el jefe de la servidumbre de la casa, era una verdaderamente una obra de arte y estaba casi lista, solo faltaba, dijo el armero “dar el paso final”, así que mandó a buscar a un esclavo italiano a quien le habían apodado “el péndulo” debido a un problema que le impedía caminar correctamente.

No me costó mucho trabajo encontrarlo, mientras alimentaba a los caballos en el establo. Me saludó con alegría pero su cara se ensombreció cuando le dije que el armero la había mandado llamar.

“El péndulo” se quedó en silencio apenas un instante antes de decirme “vamos”, y avanzó con serenidad hacia el taller del armero, mientras yo lo seguía con una mezcla de miedo y curiosidad ante la forma en que aquel italiano había tomado la noticia de que lo necesitaban para terminar la fabricación de una nueva espada.

Sin embargo, mi ignorancia duro muy poco, pues apenas instantes después pude ver como otros dos de los asistentes del armero sujetaban al esclavo, mientras uno más sacaba la espada de las brasas ardientes para clavarla en el cuerpo del esclavo, cuyos gritos se entremezclaron con las quejas del metal caliente al encontrarse con el frío de la carne humana.

Aquella persona, aquel esclavo a quien yo había ido a buscar yacía inerte en una orilla del taller, mientras que el armero se felicitaba a sí mismo por lo que consideraba un trabajo bien hecho, al comprobar la forma y el brillo de su nueva creación.

Al asestar la espada contra una alguien justo después de sacarla de las llamas aseguramos que su hoja sea sólida y resista los golpes de las armas enemigas, dijo el armero, mitad refiriéndose a mí y mitad justificándose a sí mismo.

Aquella tarde el jefe de la servidumbre recibió su nueva espada y la puso a las órdenes de nuestro amo, quien tan solo le dirigió una sonrisa torcida.

Yo, mientras tanto, había llegado al punto sin retorno y decidí escapar.


Continuará….En Estambul