Sin Medias Tintas. Opinión y análisis sociopolítico - E-mail: webmaster@sinmediastintas.org
Capítulo I:
Una vida más
Tan solo una vida más
Un pétalo en el aire
Una hoja, una roca, un suspiro
Y nada más
Dicen que las memorias son los retazos de vida con los que moramos cuando todo lo demás se acaba, que son la forma en que los ancianos nos alimentamos de la juventud que ya sea escapado, inevitable, impredecible, para siempre.
Dicen que aquellos años que más se marcan en la memoria son aquellos llenos de tristezas y problemas, mientras que los tiempos felices se escapan como agua entre los dedos, si es así no puedo saberlo, puesto que mis tiempos han sido todos de conflicto y desazón.
Y, sin embargo, no puedo quejarme, mi vida ha sido plena, he vivido más de 65 años en este turbulento siglo XVI y he visto casi todo lo que hay que ver, he amado y perdido, he luchado y vencido.. y también he sido derrotado. No me arrepiento de nada o, mejor dicho, de casi nada, pues solo el hombre necio puede estar satisfecho con el total de sus acciones, pues somos seres humanos, y, como tales, propensos al yerro y la estupidez.
Pero, comenta frustrado mi interlocutor- tiene que haber una época tranquila, donde no haya habido preocupaciones o temores, donde la vida fuera simple, al menos la infancia, por amor de Dios.
Bueno -le respondo, pues en las tabernas de Inglaterra uno aprende a adoptar una suerte de hosca cortesía- La verdad es que, aunque me duela reconocerlo, recuerdo muy poco de mi infancia, tan solo pequeños retazos que atesoro como reliquias del pasado, de la vida que pudo ser, de lo que se ha perdido en el aire, de lo que ya no está.
Sorbo un poco de ese horrible fermento de malta al que los británicos llaman “cerveza”, tomo aliento y recorro las entrañas de mi mente para encontrarme de nuevo con aquellas lejanas reliquias, con aquellos tesoros celosamente guardados en el cofre infinito de la memoria
LIMASSOL, CHIPRE, 1538
Recuerdo tan solo un poco, el aroma de las flores en las primeras lluvias de primavera, el camino que llevaba al puerto, a donde corríamos para conocer a los nuevos viajeros, el olor de las especias que comerciaba mi padre y, a veces, cuando me esfuerzo mucho, recuerdo los ojos, de un verde tan intenso que parecía quemar y la alegre cara de esa niña que corría con alborozo tras de su madre en los días de mercado o los domingos, al ir al templo.
Su familia, al igual que la mía era de comerciantes venecianos que habían emigrado después de que Chipre pasara al control de aquella ciudad italiana, en los turbulentos años del siglo XV. No entendía bien porque pero aún a los 6 años percibía el recelo y, en ocasiones, la franca hostilidad con la que nos trataban los niños chipriotas, aún después de décadas de control veneciano, no se resignaban a depender de nosotros y es que, como aprendería en carne propia años más tarde, no se puede humillar a alguien sin esperar una venganza.
Recuerdo las noches al calor de la fogata encendida con la leña que mi madre traía del campo y que, bajo el calor de las tímidas llamas que crepitaban iluminando a medias las blancas paredes de la casa, mis padres hablaban con nostalgia de volver al hogar en el continente, aquel que yo nunca había conocido pero que, influenciado por ellos, ya añoraba con intensidad.
Me preguntaba porque, si era que Venecia era un lugar mucho mejor para vivir, mis padre sabían decidido irse y alguna vez escuche que mi madre, al platicar con amigos de mucha confianza, relataba la historia de la traición ocurrida en su familia y que había provocado que, un par de años antes de mi nacimiento, mis padres tuvieran que abandonar la seguridad de sus negocios en el continente para probar suerte en esta isla que, mientras para mí era el mundo, para ellos era tan solo una prisión.
Recuerdo ir a la Iglesia y recuerdo al padre hablando en latín y caminando por el pueblo con un paso tan tranquilo que casi pareciera que se encontraba quieto y las peleas con los niños chipriotas, porque ellos no eran católicos y no iban a ir al cielo.
Recuerdo el delicioso hastío de las tardes tranquilas, cuando dormíamos arrullados por el feroz calor veraniego y por el místico canto de los animales: del caballo, las 2 vacas y algunos cabritos, que formaban parte de nuestra vida… y de nuestras comidas en ocasiones especiales.
Y recuerdo aquellos primeros rumores, aquellas palabras mencionadas por las mujeres del pueblo sobre una raza de fieros guerreros, de infieles que adoraban a un Dios extraño y portaban espadas mortales en forma de media luna.
De repente, al paso de los días, tanto mis padres como el resto de los adultos comenzaron a parecer más tensos y preocupados por algo que yo no alcanzaba a entender, pero que parecía estar en relación con aquellos “otomanos” que habían puesto al pueblo en un estado de alerta.
Sin embargo, ninguna alerta y ni siquiera el castillo pudo cambiar la historia de aquella mañana en que, al ir jugar a la playa, vi a lo lejos dos mares: el que estaba tan acostumbrado a mirar, donde había nadado innumerables veces, y otro, formado no de agua, sino de verde ondeando al viento, de barcos, velas y cañones que retumbaron en la distancia.
Los hombres de la villa se aprestaron a la defensa, pero fue inútil, el estruendo de las balas otomanas trajo consigo la muerte y la destrucción. Oí a la distancia que el gobernador había decidido destruir el castillo -nuestra única defensa- para que los invasores no pudieran usarlo y después, cuando volví a mirar a la playa vi a la avanzada del ejército infiel, hombres recios, macabros armados con las extrañas espadas de las que había oído y son una maldad terrible que encendía sus ojos y alegraba sus rostros mientras mataban.
Corrí, corrí como nunca lo había hecho en mi vida y me escondía tras unos arbustos, a tan solo unos metros de la playa, aquellos mismos arbustos en los que ayer jugaba a las escondidillas ahora me servían como refugio ante la muerte a la que, a pesar de mi corta edad, me enfrentaba conscientemente. Pensé en mis padres y rogué que estuvieran a salvo.
Todavía alcancé a ver la bandera otomana, roja y verde, ondeando sobre la ciudad antes de que uno de sus soldados me encontrara. Después todo pasó muy rápido: luche inútilmente por liberarme y lloraba con lágrimas casi silenciosas mientras a mí y algunos otros habitantes nos subían a sus barcos
Se llevaron a unas decenas de nosotros como prisioneros y a otros más, nunca supe cuantos, los mataron ahí mismo, mientras cantaban sus himnos, con una voz que me pareció incluso inhumana.
Así, mientras subía a la galera que se había convertido en mi prisión observé sorprendido sus formas delineadas, su enorme tamaño y la ornamentada bandera verde que portaba con orgullo, pero lo que más me impacto fue ver las largas filas de remos y los rostros duros, tristes, de quienes los manejaban. Luego miré hacía tierra y vi por última vez mi isla, el hogar donde había nacido, mi mundo, que ahora yacía en cenizas, acabado para siempre, sin que yo pudiera hacer nada.
Recuerdo haberme sentido terriblemente solo, atemorizado y recuerdo también observar, mientras subía en el mismo barco que yo, a aquella misma niña que acostumbraba correr detrás de su madre y que ahora era arrastrada por la violencia de los guerreros de una tierra extranjera, que habían venido a arrebatarme mi vida y cambiarla para siempre.
Continuará….La Tierra de la Luna Creciente.

